Cómo es una eutanasia, paso a paso
Qué conversar con el veterinario antes de ese día y cómo prepararte para el procedimiento que utilizará.
En corto
- Pide que te expliquen el protocolo concreto. Sedación no significa necesariamente inconsciencia.
- Pueden aparecer reflejos tras la pérdida de consciencia. El veterinario debe valorar cualquier signo que te preocupe y confirmar la muerte.
- Puedes pedir el piso en vez de la mesa, su cobija, luz suave, un mechón de pelo. Casi nadie pide porque no sabe que se puede.
«Casi todo el terror de ese día viene de no saber qué va a pasar. Saberlo no lo hace menos triste, pero lo hace mucho menos aterrador.»
Casi nadie te explica esto antes. Llegas a la clínica o el veterinario llega a tu casa, y todo lo que sabes de una eutanasia es lo que imaginaste. La imaginación en ese estado es mala consejera: suele construir algo mucho peor de lo que ocurre.
No hay un único protocolo para todos los pacientes. Estas orientaciones sirven para preparar preguntas; quien te atiende debe explicar qué hará en el caso de tu animal y cómo cuidará su comodidad.
Antes de entrar hay papeleo. Vas a firmar una autorización y en muchos lugares se paga por adelantado. No es frialdad: es para que al terminar puedas irte sin pasar por una caja. Si puedes, resuelve también antes qué va a pasar con el cuerpo (cremación individual, colectiva, entierro), porque decidirlo después, en shock, es mucho más duro.
Las guías recomiendan sedación o anestesia previa en animales de compañía. La sedación no equivale necesariamente a inconsciencia ni garantiza por sí sola ausencia de dolor: pregunta qué medicación utilizarán, cómo valorarán su efecto y qué puedes esperar.
El método y el tiempo dependen del paciente y del protocolo. Pide que te expliquen la secuencia antes de empezar y que te avisen de cada paso; no tiene por qué consistir siempre en dos inyecciones.
Ahora la parte que nadie explica y que hay que decir, porque asusta muchísimo cuando ocurre sin aviso: el cuerpo puede hacer cosas después. Los ojos suelen quedarse abiertos, porque no se cierran solos. Puede haber una o dos respiraciones profundas que parecen jadeos. Los músculos pueden temblar o estirarse. La vejiga o los intestinos pueden soltarse.
Pueden aparecer movimientos reflejos después de perder la consciencia. Si observas algo que te preocupe, dilo en ese momento: corresponde al veterinario valorar lo que sucede, comprobar la profundidad anestésica cuando proceda y confirmar la muerte.
El veterinario va a escuchar con el estetoscopio y te va a decir en voz baja que ya. En muchos lugares te dejan quedarte el tiempo que necesites. Puedes acariciarlo, hablarle, quedarte en silencio. No hay apuro y no tienes que decidir cuándo salir de inmediato.
Conversen antes sobre si quieres estar presente, hasta cuándo y quién puede acompañarte o quedarse con tu animal. No hay una reacción emocional que debas cumplir ni puede predecirse si te arrepentirás de una opción.
Si hay niños en la casa, la decisión de si entran o no depende de la edad y de ellos. Lo que sí importa es no usar la palabra dormir para explicarlo: los niños son literales y se les puede quedar el miedo pegado a la hora de acostarse.
Una última cosa. Puedes pedir lo que necesites: que sea en el piso y no en la mesa de metal, sobre su cobija, con su juguete, con música baja, con la luz suave. Puedes pedir un mechón de pelo o una huella. La mayoría de las clínicas lo hacen si lo pides, y casi nadie pide porque no sabe que se puede.
Vas a estar ahí en el peor día. Que sea también un día tranquilo depende, en buena parte, de cosas que se pueden preparar antes.
Si todavía estás decidiendo
Antes del día hay una pregunta anterior, y es la más pesada de todas. Hay una escala de calidad de vida con los siete criterios que un veterinario mira, y un calendario para ver si están pesando más los días buenos o los malos.
Abrir la escala